Cuando la vio sonreír no pudo dejar de mirarla, sentada en el
suelo abrazando a la niña, jugando como si las dos tuviesen la misma
edad, sonriendo como si en el mundo no existiera la maldad, en ese
momento, ¡en ese preciso momento! él supo que tal vez no fue el azar lo
que hizo que tomara ese camino en el bosque conduciéndolo a ese hermoso jardín secreto.
Veía volar su cabello,
sentía la melodía de su sonrisa, las caricias de su aroma y la miró tan
intensamente que ella no pudo evitar sentirse observada, que tonos
rojos corrieran precipitadamente a su rostro y por un instante que duro
casi una eternidad, se miraron, sin miedos ni vergüenza, como
si de alguna forma ya se conocieran, y cuando esa eternidad… acabó,
cuando ella volvió a sus juegos de niña y él se quedo ahí sentado sobre
esa piedra, contemplándola, en ese preciso instante ya nada volvió a ser
igual para los dos.
Día tras día como si fuera una cita, ella
llegaba con la niña a jugar y él la esperaba sentado en la piedra con
tan solo el deseo de verla sonreír, nunca se cruzo una palabra, solo sus
miradas empezaron a hablar en ese extraño lenguaje donde los sonidos sobran, ya que todo aquello que podrían decirse, no alcanzaría ni con mil palabras pues tal vez aun no haya palabra
alguna capaz de describirla.
Hola – le dijo él con su mirada,
cuando en un momento de descuido robo la atención que la niña con sus
juegos y ocurrencias no dejaba escapar.
¡Hola! - respondió ella
al mirarlo, no eres de acá ¿verdad?, preguntó.
No, vengo de un lugar
más allá de donde se oculta el sol y si me preguntas quien soy, te diré
que no soy hijo del hombre, la tierra es mi madre por lo tanto viajar
es mi destino.
¿Significa entonces, que has de partir?, pregunto
ella.
Debí de haber partido hace mucho – respondió – más no podía hacerlo sin antes confesar que mis suspiros míos ya no son, que mis
deseos a mi ya no responden y que en mi mente, solo estás tú… te amo – susurró.
Yo también te amo – respondió ella con una tierna
mirada – te amo desde el día que tus pies te trajeron frente a mí, desde
el día en que nuestros ojos se vieran por primera vez. ¡Y
ahora!, parte – le pidió – pero vuelve… nunca olvides este lugar ni
este momento, que yo estaré esperando, recuérdalo, oye mi voz cada
vez que el viento acaricie tu piel, piensa en mi cuando levantes la
mirada y tus ojos se posen sobre la luna, cuando tímida se esconda tras las nubes y
salga tan solo para llevarte mi recuerdo…
Y él, en ese preciso momento partió. Días,
semanas, meses, ¿años? no supo cuando tardo en regresar, pero un día,
sus pies volvieron a conducirlo a aquel lugar, por un camino que ya no era igual, llegó al jardín en que un día la
viera jugar, mas todo había cambiado, el pasto crecido y los árboles
frondosos casi no dejaban ver lo que un día fue un hermoso lugar, se
sentó sobre la piedra que durante tanto tiempo lo acompaño en la dulce
tarea de observarla.
Agobiado por la tristeza de ya no verla,
hundió su rostro entre sus manos sin poder entender lo que había pasado,
en ese instante en que sentía que el dolor lo consumía una mano se posó sobre su hombro, era la niña, aunque ya no lo era más. Has vuelto, le
dijo, pensé que nunca lo harías, no sabes cuánto ella te amó, cuánto
lloró, cuánto suplico a la luna que te dijera cada día, cada noche,
que se moría por verte, que te recordara en cada brisa y en cada rayito de
luz que de ella naciera, lo mucho que te amaba, pero tú, nunca
respondiste; absorto en viajes, sueños y victorias, no tenias tiempo de
levantar la mirada ni escuchar sus palabras que te gritaban vuelve.
Un
día cuando más triste estaba, le pidió a la luna un deseo: el que
vuelvas a este lugar. Sin embargo en esta vida donde nada se da por nada,
la luna acepto.
Y fue así que el día en que a ti te nació volver,
ese día su deseo se cumplió, ¿el precio? la luna cogió todo el amor de su corazón y lo puso en el tuyo, ese día sin más ella
partió...
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