- ¡No! Vamos por aquí – me dijo apuntado hacia el parque – vamos a ver al
viejo.
- Bueno, vamos – respondí mientras me preguntaba a quien se referia.
Cogimos nuestros cuadernos y corrimos hacia el parque,
no era muy grande, era más bien un terreno ubicado entre las casas, tenía muchas flores y unas bancas que eran de madera hechas por los vecinos.
no era muy grande, era más bien un terreno ubicado entre las casas, tenía muchas flores y unas bancas que eran de madera hechas por los vecinos.
Y ahí estaba el anciano arrodillado frente a unas plantas
no preste mucha atención a lo que estaba haciendo pero creo que estaba
removiendo la tierra.
A unos metros de él, sobre una banca, estaba su saco
meticulosamente doblado, con esos detalles que tienen los viejos para con la
ropa, como si dejar las cosas arrugadas fuese un pecado, y al lado de su saco
una bolsa de papel y un periódico.
-
Ese es el objetivo – me dijo Carlos señalando la bolsa – aprovechemos
ahora que esta distraído.
Nos acercamos lentamente y cuando pasamos al lado de la
banca, a espaldas del anciano, Carlos estiró el brazo y cogió la bolsa,
seguimos caminando unos pasos más y empezamos a correr.
No nos detuvimos y entre carcajadas llegamos a la
esquina, por un instante quise sentirme mal por lo que habíamos hecho, pero la
euforia de Carlos se me contagió y solo atinaba a reír.
-
¿Qué es? – le dije.
-
Ahora veremos – me respondió.
Y mientras abría la bolsa voltee y me asome desde la
esquina y mire en dirección al parque; el anciano se estaba levantando y se
acerco a sus cosas, tomo su saco, el periódico y empezó a caminar e dirección a
la capilla, que se encontraba exactamente en dirección opuesta a la que
estábamos, no sé porque pero me pareció ver al anciano sonreír mientras tomaba
sus cosas.
-
Pobre viejo loco – me dije, y voltee a ver a Carlos con la bolsa.
-
Viste - me dijo – este viejo siempre trae comida.
Era un vasito descartable de arroz con leche y un plátano
-
Ayer fue gelatina y una manzana – volvió a decir Carlos – nos lo comimos
con el Pedro.
-
¿Siempre hacen esto? – pregunté.
-
Bueno, a veces – respondió – pero siempre que venimos el viejo tiene la
bolsa al lado de su saco, y siempre hay un postre o a veces solo una fruta,
pero siempre hay algo de comer – me aclaró mientras se reía.
Sonreí también, pero por dentro me comencé a sentir un
poco mal y me puse serio.
Creo que Carlos se dio cuenta, porque me dijo.
-
No pongas esa cara el viejo esta algo loco, claro que se da cuenta de lo
que hacemos y aún así siempre trae la bolsa y creo que hasta le divierte.
Me paso la mitad del plátano y empecé a comer en silencio,
la verdad es que me daba pena los ancianos yo no tenía abuelos estos ya habían
muerto, pero me hubiera gustado mucho tenerlos aun conmigo, tal ves así no me
sentiría tan solo como a veces me sentía.
Respire profundo y me saque todas esas niñerías de la cabeza, a mis 14 años ya debería de
empezar a comportarme como un hombre, y me apure en quitarle el vaso porque
Carlos intentaba comérselo solo; además si al viejo no le molestaba porque
preocuparme.
Terminamos de
comer, nos despedimos y cada quien se fue a su casa.
A partir de ese día cada vez que podíamos desviarnos de
nuestro camino o salíamos temprano, pasábamos por el parque y nos llevábamos la
bolsa del viejo, e incluso a veces iba solo; creó que le robábamos unas 2 ó 3
veces por semana, porque los otros días nos daba pereza caminar hasta ahí.
Un día mi madre, se puso muy mal, ya que andaba algo
delicada de salud, ella era una persona muy triste, mi tía me dijo que se puso
así desde que mi padre la abandono y se fue del país, cuando yo tan solo tenía
5 años.
Había noches, antes de dormirme que trataba de recodar su
rostro, a veces creía verlo entre sombras, pero era una imagen borrosa, no
lograba nunca recordarlo bien, porque mi madre había quemado todas sus fotos y
ya no quería hablar de él.
Lo cierto es que le había afectado muchísimo su partida y
por eso paraba siempre triste, no comía muy bien y encima se quedaba cociendo
hasta muy tarde, la gente decía que era la mejor costurera del barrio y las
señoras siempre estaban halagándola, pero para mi no eran mas que unas viejas
interesadas que solo paraban pidiéndole rebajas y nunca le pagaban completo,
pero de que mi mamá era buscadita era buscadita; ella era muy buena, nunca se
molestaba, siempre me decía que había que dar gracias a Dios porque al menos
había trabajo y que no debía de estar renegando, porque cuando no lo hubiera
ahí si tendríamos motivos para estar triste y renegar, pero igual a mi me
molestaba mucho porque no descansaba bien, si no fuera porque me daba mucha
vergüenza la idea de ayudarla en la costura y el solo imaginar que mis amigos
me pudieran molestar con esas cosas me daba terror, pero de todas maneras
trataba de ayudarla en lo que podía, ya sea arreglando la casa, limpiando o
haciendo las compras, y después de eso me escapaba a la calle a jugar con mis
amigos.
Bueno el caso fue de que mi mama se puso mal y salí a
comprar unas medicinas que le habían recetado en el seguro, yo estaba muy
triste porque nunca la había visto así y la medicina esa costaba muy cara,
comencé a buscarla por todas partes porque me habían dicha que había una
farmacia en donde la vendían más barata, estuve caminando toda la tarde, porque
solo me habían dado el nombre del local, y cuando ya no sabia por donde buscar,
de pronto a mi espalda escuche una voz.
-
¿Buscas algo hijo?.
Voltee sorprendido, era el anciano del parque. –
Maldición – me dije por dentro, seguro que me va a reclamar por lo de las
bolsas.
Pero el viejo me sonrió muy amigablemente, la verdad es
que en ese instante me sentía tan mal que su sonrisa me conforto, sus ojos me
miraron con ternura y de pronto quise llorar
Ahí me encontraba yo, con mi madre enferma, con tan solo
14 años de edad queriendo ser fuerte, tratando de encontrar esa maldita
farmacia y sin saber si el dinero me iba a alcanzar; y ante mí tenía al anciano
al que siempre le robaba su comida y en lugar de agarrarme a palos como me lo
merecía me estaba sonriendo muy tiernamente.
-
Una farmacia, señor – dije débilmente.
-
¿Cuál hijo? ¿Cuál es su nombre? – me preguntó.
-
“Maria Auxiliadora”, señor; es que... – tartamudee – me dicen que ahí
venden barato.
-
Si hijo es de una señora que trabaja con unos curas gringos que la
ayudan para poder ofrecer la medicina aun precio más accesible. Esta acá en la
otra esquina – me dijo – vamos sígueme yo te llevo.
Y comencé a caminar tras él siguiéndolo - ¿cuántos años
tendrá? - me pregunte – unos 80 seguro, ya esta viejo el
pobre – me dije.
pobre – me dije.
Llegamos a la farmacia, era muy chiquita y su aviso de la
calle era bien pequeño, - Con razón es tan difícil de encontrar – me dije.
Entre rápidamente rezando a Dios que la plata me
alcanzara.
-
Son 50 soles – me dijo la señora.
Saque la plata de mi bolsillo sin poderlo creer me había
pasado toda la tarde buscando y me faltaban 10 soles, me mordí el labio
inferior y se me humedecieron los ojos de impotencia.
-
Te faltan diez ¿no?
Levante la vista, el anciano estaba a mi lado y se había
percatado de mi situación y de la impotencia que me embargaba.
Pero no pude responder, solo me mordí aún mas fuerte el
labio, me sentía muy impotente y no me gustaba que la gente me viera mal, eso
me dolía mas que cualquier otra cosa.
-
Un favor Doña Rosa – hablo el anciano – le puede dar al joven, el
remedio y me anota los diez soles, a fin de mes que cobro mi pensión le
cancelo.
-
Claro Don Víctor – respondió la señora, mientras extendía sus manos con
la medicina y me recibía el dinero.
Cogí la medicina, levante la mirada, me puse fuerte y
respiré profundamente y dije:
-
Muchas gracias Señor, prometo pagárselo.
-
Esta bien – me respondió – tu sabes donde encontrarme yo soy el que
cuida el parque.
-
Si – dijo la señora – Don Víctor es nuestro jardinero voluntario – y rió
– no se moje mucho, porque se nos va a enfermar y mire que nadie le paga nada
por las molestias.
-
No es ninguna molestia Doña Rosa, me gusta mucho cuidar las plantas –
respondió el anciano mientras volvía a sonreír muy tiernamente.
-
Ya me voy Señor, estoy apurado, prometo pagarle pronto, muchísimas
gracias – le dije.
-
No te preocupes hijo, anda rápido a tu casa, no demores - me respondió.
Y salí corriendo; cuando llegue a mi casa no le conté
nada a mi mama para no preocuparla y le dije que el dinero me había alcanzado.
Los días pasaron, pero mi mama no mejoraba, al contrario
cada vez estaba peor, y mi tía venía todos los días trayéndonos de comer y para
atenderla.
Un día llegue del colegio y encontré a mi tía llorando y
cuando entre, me abrazo muy fuertemente, no necesite que me dijera nada más,
entendí lo que había pasado y no pude más, había tratado de no llorar todo este
tiempo viendo a mi madre ponerse cada día peor, pero no pude soportarlo más y
llore como nunca había llorado, mi madre me había dejado y yo quería ser fuerte
como ella me había pedido que fuese, pero no pude hacerlo y me quede ahí
sentado en la sala; una mesita con 4 sillas, esa era mi sala; me quede ahí
llorando, mirando el cuarto ahora vacío de mi madre.
-
Ya vengo hijito - me dijo mi tía
– ya vengo para llevarte a la casa.
Los días pasaron uno tras otro sin sentirlos, perdí la
noción del tiempo, para mi todos los días ya eran iguales, todos muy tristes.
Sentía que iba a clases por cumplir, y las tardes me las pasaba caminado sin
rumbo por las calles.
Mi tío empezó a conseguirme diferentes trabajos ayudando
en lo que sea, la verdad, no importaba, en realidad solo era algo para sacarme
de la rutina de estar triste.
Un día me dieron 10 soles por unos trabajos que había
hecho durante la semana y de pronto recordé mi deuda con el anciano, y esa
tarde me fui con dirección al parque.
Ahí estaba él regando las plantas, me acerque y me senté
en una banca a espaldas de él.
Pensé que no me había visto, pero de pronto me dijo:
-
¿Por qué no te sirves?
-
¿Ah? – respondí sin saber a que se refería.
-
A lo que hay en la bolsa - me
dijo – y de ahí me dices que tal esta.
Fue entonces cuando me di cuenta que estaba sentado al
lado de sus cosas y también de la bolsa de papel que siempre robábamos, la cogí
lentamente y la abrí, había una mazamorra que saque junto con la cucharita
descartable que siempre encontrábamos dentro.
-
Hoy la fruta se acabo – me dijo – y no me pudieron regalar así que solo
hay el dulce.
Comencé a comer sin prisa, mientras lo miraba hacer sus
labores.
-
Le traje sus diez soles, señor – le dije.
-
No hacia falta que te molestaras – dijo – pero gracias la verdad es que
la plata no me sobra, y en esta vida siempre nos hace falta el dinero a los
pobres, claro a unos mas que a otros. Yo vivo solo – me volvió a decir – y esa
bolsa que ustedes tan graciosamente “roban” es el postre que me dan en el
comedor popular del barrio
-
¿No le molesta? – le pregunte.
-
No, claro que no – respondió mientras me sonreía – me parece gracioso
como se acercan sigilosamente, por cierto ya no te veo venir y tus amigos
vienen muy ocasionalmente, ya casi siempre me los tengo que comer.
-
Ya no paso por acá, es que mi mama murió, y me fui a vivir con mi tía.
-
Lo siento – me dijo mientras se sentaba a mi lado – ya entiendo el
porque de esa tristeza tan grande en tus ojos. ¿Me dejas decirte algo?
-
¿Qué? – respondí.
-
Nunca, pero nunca dejes de sonreír, la sonrisa es el regalo de Dios para
el corazón de los hombres, no permitas que algo tan bello muera en tu corazón. ¿Sabes?
Yo vivo solo desde muchos años, desde que murió mi esposa y no tengo a nadie en
este mundo. Para mí fue muy fuerte perder a mi esposa, nunca habíamos podido
tener hijos y ella era todo lo que tenia en este mundo, pero un día se fue para
no volver, y sentí que nunca mas podría volver a sonreír, la idea de quitarme
la vida y dejar de sufrir paso muchas veces por mi mente pero fue en este
parque y en esta banca cuando mas triste me sentía, cuando escuche una risa,
que de pronto me pareció lo mas tierno y hermoso que había escuchado en mi
vida, era la de un niño que estaba jugando detrás mío con un perrito, en esa
época este parque no era mas que tierra, pero aun así el niño jugaba muy
alegremente. No se como explicarlo pero esa risa me salvo la vida, me hizo ver
que habían muchas cosas bellas en este mundo, muchos motivos para sonreír y la
sonrisa hijo, es el reflejo de la felicidad de nuestra alma. Por eso, sonríe,
tu no sabes si tal ves con tan solo una sonrisa estés salvando una vida. Además
no creo que mi esposa y tu mama estén felices si nos ven sumidos en la tristeza
¿no?. Y cuando necesites una ayudita para sonreír ven a verme y prometo
guardarte algún postre claro si tus amiguitos no se te adelantan – me dijo
mientras esbozaba una de las tiernas sonrisas que siempre regalaba.
-
Gracias - le dije, me levanté y comencé a alejarme; de pronto sentí la
necesidad de detenerme y voltear, entonces lo vi sonriéndome y sonreí.
A partir de ese día trataba de ir a conversar con Don
Víctor cada vez que podía; cuando no tenía ningún trabajo o los deberes de la
escuela me lo permitían.
Nos hicimos muy buenos amigos, pasábamos toda la tarde
conversando, me contó muchos anécdotas de su vida; él siempre sabia como
hacerme sonreír, no me dejaba estar triste y siempre trataba de guardarme los
postres que le daban en el comedor.
Una vez no pude ir a verlo por casi dos semanas ya que
mis tíos viajaron y me tuve que quedar cuidando la casa y haciendo unos
trabajos, cuando ellos regresaron, me fui a buscarlo, pero cuando llegue al
parque no lo encontré, así que decidí volver al día siguiente, pero tampoco lo
hallé, me sentí muy intrigado porque él casi nunca dejaba de ir al parque, corrí
en dirección a la farmacia y entre rápidamente, ahí estaba Doña Rosa.
-
Buenas tardes Señora, disculpe no ha visto a Don Víctor.
De pronto sus ojos se pusieron tristes.
-
¿Don Víctor? – me dijo - ¿qué no sabes hijo?
-
¿Qué señora?
-
A Don Víctor lo atropello un carro la semana pasada, murió en el
hospital.
Me quede paralizado, no lo podía creer lo que me estaba
diciendo, no sabia que decir, los ojos se me nublaron y unas lagrimas
comenzaron a rodar por mis mejillas.
Sentía como la tristeza se apoderaba de mi corazón,
hundiéndome en un agujero negro muy profundo, sentía que caía en él y que todo
se nublaba a mí alrededor; y de pronto cuando mas perdido me sentía unas
palabras resonaron fuertemente en mi cabeza. ¡Sonríe, hijo sonríe!
Me limpié las lágrimas del rostro, mientras Doña Rosa me
miraba tristemente dándose cuenta de mi dolor.
-
Gracias Doña Rosa, ya me voy, cuídese – dije mientras me despedía con la
mano, la mire a los ojos y de pronto sin tan solo una razón aparente sonreí.
Sonríe, y nunca
olvides que la vida está llena de “gestos
de amor”
Abre los ojos y ve con
sutileza todo el amor que te
rodea
No permitas que la
vida pase, sin que las personas
que te los dan
se den cuenta que
estos detalles han tocado tu corazón.
¡NO PAGUES AMOR CON INDIFERENCIA!
JAIRO
En memoria de mi abuelo
Don Víctor Pérez
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